El argumento de la película parece (y quizá lo esté) hecho a propósito con todos los tópicos de las historias japonesas. Este cóctel incluye peleas de robots, héroes justicieros de manual, cascos ridículos, samuráis mecánicos, malos muy malos de una organización maligna con ínfulas (y con una base voladora, por supuesto), artes marciales, relaciones padre-hijo difíciles e incluso un final apoteósico con ente gigante atacando Tokyo incluido.
En definitiva, esta película (remake de una serie de los setenta) resulta una suerte de autoparodia que hace reír por dos vías: por los gags propios del film (como cuando el protagonista culpa a la leche paterna de la muerte de su hermano gemelo) y por la propia "cutreza" (explícita) que emanan los fotogramas de la película. Esta es, quizás, la mayor baza de una película que está hecha cutre a propósito pero que, según me hacía notar un amigo, esconde bastante autocrítica por parte de los nipones.
Sonoras risas y aplausos tras cada tópico o salida absurda se oían en la sala de Sitges donde se proyectaba este film que no se toma muy en serio a sí mismo. Y acierta no haciéndolo.
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